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Anomia

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miércoles, enero 19, 2005

Su Santidad y la nación

La soberanía política, según doctrina de Su Santidad, no es súbdita de la soberanía espiritual que determina la realidad de una Nación. Es decir, la soberanía política de una Nación no necesariamente ha de coincidir ni está determinada por la soberanía espiritual que da a un Pueblo su razón y legítimo derecho de ser Nación. Parece, y sólo parece, que Su Santidad diera a lo político un estatus superior a lo espiritual. Y me alegro mucho, para que no digan los lenguaraces y maledicientes que Su Santidad es un acaparador, un imperialista.

Pero no es así, para que, por otra parte, no digan que se contradice. Es decir, no creo que así sea. Conociendo como conozco, y debo conocer, la causa motora del pensamiento y creencia de Su Santidad puedo asegurar que es muy sencillo saber cual es y cómo funciona esa causa. No me tengo por especialmente inteligente, más bien pienso que las musas me soplan al oído y diría que basta cambiar de perspectiva, abandonando el paradigma popular actual del homo "economicus et sexualis", ya sea en versión capitalista como en versión marxista o cualquier otra combinación y descafeinado metafísico.

La espiritualidad, dentro del pensamiento de Su Santidad, es un fenómeno que penetra todas las manifestaciones de la vida, subyace a todo bien. Lo político, evidentemente, es un bien aunque no todos los políticos sean, estrictamente hablando, bienes, cuando no son realmente políticos sino depredadores, "sapiens et economicus et sexualis".

Luego, lo político parece ser un fenómeno destinado a trascender las fronteras de lo nacional. Si no fuera así, señorías, el Proyecto Europa sería un auténtico atropello a las realidades nacionales. ¿O no?

En consecuencia, ciudadanos de Euscadia, vuestra Cultura -con mayúsculas, para que no os indigneis-, ya sea por su singularidad histórica y mundial o por la de la espiritualidad que subyace a ella, no determina que, en lo político, haya de ser una Isla en medio del Océano -como una rediviva Atlántida-. Gracias a Dios que no sois primera potencia bélica mundial pues, si no, el resto del mundo no llegaría ni al actual estado de Irak.



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